El cuento cambia de final. La Bella Durmiente no despierta con el beso de un príncipe galante. No. Lo que sucede es que la doncella cae en un sueño aún más profundo, arullada por la voz cavernosa de Johan Edlund, que tomando el pedestal del micrófono con ambas manos, le receta una letanía profunda, lúgubre, palabras malditas que uno quisiera escuchar una y otra vez con los ojos cerrados: “Entre más bebo, más me convenzo de que el suicidio es quizá la única salida”.
Desesperado, abatido, el cantante de Tiamat se resiste a creer –muy metido en su fatídico papel– que su amada haya caído en un letargo tan parecido a la muerte. Pero en medio de este sainete disfrazado de concierto de metal, se acerca un demonio más a enterrarle hasta la empuñadura la espada del dolor.
Es Fernando Ribeiro, vocalista de Moonspell, quien al igual que hace cinco años cuando ambas bandas compartieron también el escenario del Circo Volador, en México, brota de las tinieblas y decide sumarse a la canción de los suecos. Desde el micrófono de coros del bajista Anders Iawers, su vozarrón gutural retumba: “La Bella Durmiente ha detenido el sangrado de mi alma”.
La canción es toda melancolía, es toda universo que se rompe, es toda amor que se desintegra y sin embargo, resulta hermosa. Cientos de brazos la celebran erguidos como troncos de carne. Gargantas y más gargantas mexicanas son la leña sobre la que arde la hoguera del grito. La historia se repite. Otra vez, como aquel 2 de diciembre de 2007, Tiamat y Moonspell han venido a México para compartir escenario. Nuevamente Fernando ha subido para cantar The Sleeping Beauty. Vaya que los deja vú representan excursiones maravillosas.
Algunas cosas han cambiado en este tiempo. El Circo es lugar mucho más recurrido. Si antes alojaba un concierto cada dos meses, ahora hay hasta tres por semana. Tiamat tiene un nuevo disco, Amanethes, y Moonspell también, Night Eternal, ambos lanzados el año pasado pero que sirvieron para traerlos de vuelta.
Es domingo, dicen, el día en que Dios descansó después de crear el mundo, el mismo en que Cristo resucitó y en el que la ciudad aprovecha para descansar. Pero para la escena subterránea es el momento de despertar, de salir y tomar las calles, de desempolvar el disfraz de vampiro y afilarse los dientes para cazar. Las corbatas pueden aguardar en los armarios, confinadas a un sepulcro del que no han de levantarse hasta el lunes. Los labios se delinean de negro y las pupilas se ocultan detrás de lentes de contacto que los obligan a parecer lunas pequeñas en el interior de nuestras cuencas.
El concierto arranca con una hora de retraso porque la prueba de sonido de los portugueses se atrasó. Sin embargo, hasta realizar una kilométrica línea a las afueras del Volador pertenece a la celebración. No todos los días acude uno a un aquelarre en que los tímpanos pueden incendiarse con los acordes malditos de dos representantes europeos del metal. En la fila se vive, se suda, se expira el glam a todo lo que da, en las botas de plataforma y en el detallado polveo blanco que hace palidecer los rostros de quienes esperan a un costado del metro La Viga.
En los sesenta minutos que el concierto se demora, hay quienes aprovechan para lubricarse la garganta. Las tiendas aledañas al ex Cine Francisco Villa observan, con alegría, cómo sus refrigeradores se vacían de cerveza y sus anaqueles de frituras. Los asistentes se abastecen de provisiones para aligerar la guardia mientras en los improvisados puestos afuera del recinto los propietarios se dedican a ofrecer sus mercancías: ropa, discos de metal en todas sus variedades (heavy, power y black), tazas y camisetas del recuerdo y antojitos diversos, porque los vampiros igualmente se alimentan de quesadillas, sopas instantáneas y hamburguesas.
Adentro, la oscuridad se lo traga todo. El escenario es un cuadro de noche. Atrás queda el recuerdo de Lacrimae, la banda local que no ha tenido una de sus mejores actuaciones y se ve forzada a retirarse en medio del desapruebo general. Ya librará mejores batallas, pero en este momento, como pinceladas de carne humana, comienzan a apreciarse las siluetas de los integrantes de Tiamat. Son cinco. La voz de Edlund cala hasta lo más profundo de los huesos. Will they come es el primer corte y Whatever that hearts le sigue. Son interpretados entre luces de color violeta que, como siempre sucede con ese bendito color, impregan el ambiente de un halo erótico y sensual. Exquisito violeta que te ciega con su belleza. El cantante está tan encantado como quienes lo escuchan. Extiende como un crucificado a quien se le ha clavado al aire y sus anos terminan en puños cerrados con cuernos extendidos. Todo en el ambiente recuerda a una celebración eucarística donde el protagonista es el Ángel Caído y no el dijo de Dios.
No por nada en su instrumento luce la leyenda: 666.
Children of the underworld, Divided y Cold Seed provocan que los gritos de aprobación casi se traguen la música que brota de las bocinas. Afuera debe sentirse mucho frío, pero adentro el Infierno mismo hace que los cuerpos de quienes se llenan los oídos de estruendo. Tiamat, después de una hora, se desvanece de enfrente de nosotros con Gaia, no sin antes protagonizar el referido palomazo con Ribeiro en The Sleeping Beauty.
Los acólitos del subterráneo están calientes. Sus cuerpos han recibido tanto latigazo sonoro que no se irán a la tumba sin antes recibir las estocadas definitivas.
Moonspell es el único antídoto que están dispuestos a aceptar.
Así que una vez el efecto de una ceguera colectiva nos azota cuando las luces se mueren. Los portugueses toman el escenario y de inmediato brota la mundanal furia animal. Los gritos, los jaloneos y las melenas que se agitan como banderas de cabello. Los cuerpos que saltan y a caballazos se funden en un solo. Atrás de los músicos, que se mueven con la bestialidad de cinco guerreros dispuestos a dejar la sangre en el piso, hay una pantalla en que suceden toda clase de imágenes oníricas. Ya sea el vuelo virtual sobre un valle ensombrecido, en The Southern Death Style o un cementerio en el cual una niña, producto de la animación, se corta las venas en Luna. Igualmente unos hilos de sangre que escurren la vida del techo al piso del Circo Volador se proyectan en Vampiria y la imagen de Anneke Von Giersbergen en Scorpion Flower, el tema que Ribeiro y ella cantan a dueto en Night Eternal.
Fernando es un animal que brama, que devora el micrófono como si de una flor se tratara, que les habla a los mexicanos en español e inglés y les promete que la banda no volverá esperar cinco años para regresar a su país.
Moonspell ofrece una hora y media de actuación, en la que Ribeiro hace gala de esa personalidad aplastante como vocalista que se traduce en un intercambio constante de energía entre banda y público.
Creen despedirse con Alam Matter, el tema que incluso dedican a México, pero son arrancados de su descanso. El bajista Aires Pereira, el baterista Miguel Gaspar, el guitarrista Ricardo Amorim y Fernando Ribeiro regresan al escenario para interpretar Mephisto y Full Moon Madness. En la primera, la pantalla, las luces y el Circo entero se pintan de rojo, rindiendo homenaje al demonio y en la segunda, todo se vuelve helado y triste cuando la luna es la festejada. Todo es sangre, todo es Diablo.
Sólo entonces, cuando se ha dado el último guitarrazo y Fernando ha terminado de golpear con sus propias baquetas la batería de Gaspar como un poseso, el silencio acude como una medicina, un tónico para oídos destrozados. Es el metal, la energía de una de las giras más esperadas del año y de la coincidencia en México de Tiamat y Moonspell. Ahora si, una vez abiertas las puertas del Circo, La Bella Durmiente puede despertar e irse caminando por el horizonte.

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